Toma dos

Ésta es la segunda vez que lo vivo, y sé que no debería de tomar esta actitud (porque es algo negativo, y me convendría verlo desde el lado más optimista posibile), pero he de decirlo: no me gusta nada el cambio de cuatrimestre. Cuando todo va bien y te has acostumbrado a los profesores y asignaturas, de pronto te cambia todo. Es como un segundo principio de curso, con su consecuente cambio de clases, profesores, horario y hasta compañeros; es una auténtica lata. Últimamente he estado muy ocupada a pesar de que sea principio de curso cuatrimestre. He empezado a prepararme los créditos de libre configuración y estoy ya metida de lleno en uno de los cursillos. Lo cierto es que esto es un suplicio.

El problema, para mí, no es que no pueda organizarme el tiempo. De hecho, bien organizado, me da tiempo de hacer de todo y sin agobios. El problema viene cuando, además de todo lo de clase, y de los “actos sociales” (de los cuales hablaré en otra ocasión, pues casi forman parte de la carrera si quieres sobrevivir), tengo todo lo de casa. Ir a por el pan, pensar en las comidas de la semana, hacer la lista de la compra, fregar, tener todo más o menos recogido, limpiar, etc.

No me importaría, tampoco, ir agobiada con mis cosas y con las de la casa. Lo que sí que me importa -y bastante- es que me “regañen” por no tener las cosas hechas. Intento atribuirlo al cansancio y al estrés de los demás, pero (y lo siento por esto) no deja de joderme menos. De hecho, puede que incluso más, porque dada mi condición de estudiante, tienden a relegar mis estudios a un segundo plano, a menospreciarlo (y disculpadme la palabra) porque, a fin de cuentas, no es un trabajo. La verdad es que intento pasar del tema, porque considero que no hay motivo para enfadarse por esas cosas. Pero que escuece… ya lo creo que escuece.

Cerrado por vacaciones

Después de los exámenes, y de no haber tenido prácticamente vacaciones de Navidad, he decidido que me merecía desconectar unos días. Por eso me voy mañana a Madrid, y vuelvo el domingo por la tarde. Espero volver con alguna que otra cosa que contaros, y con alguna que otra foto que enseñaros.

Gone baptizin'
Los Simpson, episodio #3F01

La verdad

Normalmente suelo mentir sobre cuánto tiempo dedico a estudiar. Suelo decir que estudio poco, o casi nada, y no es cierto. Bueno, aquí tenéis toda la verdad sobre mis vacaciones de Navidad de este año:


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Y lo que me queda…

Ns/Nc

Hace unos pocos días, una de mis mejores amigas rompió con su novio. Bueno, en realidad fue él quien la dejó. Cuando vino a mí en busca de consuelo y apoyo, de pronto me di cuenta de que no soy una persona nada adecuada para esas cosas. Probablemente si necesitas ayuda de cualquier otro tipo, yo soy la persona idónea. Sin embargo, para esto, reconozco que yo soy un caso perdido.

Ella llevaba cinco años con su novio (desde los quince hasta los veinte), y me decía que sentía que no era nadie sin él al lado. ¿Qué podía decirle para no hacerla sentir mal? La verdad, no pude decirle nada. Me quedé callada y solo pude poner una cara entre lástima y apoyo que más bien quería decir: No te preocupes, te comprendo, puedes abrazarme si lo necesitas.

Mientras la escuchaba llorar a lágrima tendida me di cuenta de que debo de estar hecha de piedra, o estar muerta por dentro. Sentía dolor; me dolía verla sufrir, y en cierto modo me sentía identificada con su situación. Me sentí absurda, como muchas otra veces, porque no sabía qué decirle y qué hacer, como muchas otras veces. Sentía dolor pero en cambio no me sobrecogí como otras veces me pasa con cosas más tontas.

Ellos eran una pareja de ésas que ya no te imaginas por separado. De ésos que llevan juntos prácticamente desde que recuerdas. Ella me decía que con él había vivido muchas cosas, y que no podía entender cómo todo lo que tenían se había acabado así. Estuvimos un rato juntas, fuera de casa y distrayéndonos, y de pronto me preguntó algo que no pude responder. Me comentó si yo creía que sería capaz de volver a enamorarse de alguien como lo hizo de su -ahora- exnovio.

Me quedé de piedra, porque es algo de lo que yo tampoco tengo respuesta todavía. Naturalmente, eludí el tema. Me fui por la tangente diciendo que no tenía que pensar en eso ahora, que él había sido muy importante para ella durante todo este tiempo y que es normal que no pudiera pensar en otros chicos “de esa manera”. Supongo que se quedó satisfecha porque me sonrió tristemente y me dio un abrazo. Y cuando me lo dio, mi alma respiró aliviadamente tras la tesitura en la que me había puesto.

Sinceramente, creo que hay cosas que yo todavía no sé. Y cuanto más tiempo pasa, y cuantas más experiencias tengo a la espalda; cuanta más gente conozco, cuanto más hago, cuanto más vivo, más difícil me resulta volver a sentirme con los pies en la tierra. Todos sabemos que la gente va y viene, y que todo cambia, pero nadie nos dice que las emociones también cambian con el paso del tiempo. Que lo que antes era divertido, de pronto va pareciéndote cada vez más una gilipollez. Que lo que antes era optimismo, ahora es indiferencia. Que si antes te enfadabas y gritabas perdiendo los papeles, cada vez vas aprendiendo más a controlarte. Y, bueno, en cuanto a lo que nos atañe, lo digo desde ya: si la gente depende de mis consejos en el plano amoroso, van listos...

22 de enero

Mi alarma estaba puesta a las 6.30 de la mañana. La escuché, la apagué, la puse para las 8:30. Sonó otra vez, la escuché, la apagué, la puse para las 9.30. Entonces decidí levantarme de la cama al sofá, aunque volví a quedarme dormida hasta las 10:30. Pegué el último repaso para el examen, pero no sirvió de mucho porque el sueño me podía. Finalmente a las 11:15 decidí empezar a prepararme y a vestirme para coger el bus.

No sé qué clase de persona ha hecho los horarios para los autobuses, pero resulta que el único que me lleva directa (bueno, casi casi) desde mi casa hasta la universidad es uno que solamente pasa tres veces por la mañana y dos por la tarde. Mi examen era a las 15:00, y el primer bus de la tarde pasa a las 15:20, así que decidí irme a coger otro autobús que me llevara al centro de la ciudad para coger el único que lleva a San Vicente (donde está la universidad), en la primera parada.

A las 12:00 cogí el susodicho autobús, el 09. Llegué al centro a las 12:25. Cinco minutos después llegó el bus que va hacia San Vicente, el 24. Pude escoger sitio, algo muy raro en esa línea de bus, porque siempre se llena tanto que puedes prácticamente besarte con quien tengas enfrente. Cuando me senté, me puse la música y empecé a pensar. Resulta que hoy es 22, el cumpleaños de mi madre.

Supongo que estar con la regla y poniéndome mala influye bastante, pero el caso es que empecé a sentirme un poco rara. No me había dado cuenta de que era su cumple hasta que mi móvil me avisó con la alarma propia para las notas de la agenda; hoy mi madre cumplía 53 años. Me sentí rara porque me sentí mal; y me sentí mal porque había olvidado qué día era hoy. Sé que es normal, natural y, en esencia, también bueno para mí. Lo sé, pero… ella seguía siendo mi madre.

Por un momento he sentido como si “traicionara” su memoria, y me he tenido que contener las ganas de llorar. Sí, supongo que soy una tonta y una inmadura, pero poco me importa ahora. Estaba tan ensimismada pensando en mi madre, pensando en lo mucho que la echo de menos, que me llevé sobresalté más de la cuenta cuando el autobús pegó un frenazo de golpe. Como estaba sentada el impacto no fue tanto, pero me di con una barra de seguridad (y en la que la gente se apoya cuando va de pie, no sé muy bien cómo describirlas) en el estómago y al apoyar la mano derecha como acto reflejo, me la doblé un poco. Algo había pasado, nos habíamos chocado, con algo o con alguien.

Con alguien. Era una moto que se había puesto a adelantar a un coche cuando su semáforo se estaba cerrando y estaba en ámbar. El autobús tenía el semáforo en verde, así que supongo que no la vio hasta que fue demasiado tarde. Nos quedamos quietos durante más de veinte minutos, y la gente (especialmente las abuelitas cotillas) estaba empezando con el pánico. Que si mirando por las ventanas, que si pegando chillidos preguntándole al conductor (cuando éste estaba llamando a la ambulancia, tócate los huevos).

Finalmente una voz (la verdad, no vi quién decía eso aunque supongo que fue el ATS) nos dijo que quien estuviera herido, se hubiera llevado un golpe o quien hubiese visto algo, que se quedase. Quien no, que bajara y que lo recogería el siguiente autobús. Allá que nos bajamos casi todos, porque por suerte creo que nadie resultó herido grave. Cuando bajé, no sé cómo lo hice pero me tragué de golpe la escena. La moto estaba destrozada, y los que iban eran un chico y una chica. Ella estaba en el suelo, se movía y gritaba. Él estaba en el suelo, con un charco de sangre alrededor de la cabeza porque no llevaba casco, y no se movía.

Por un momento el cuerpo se me paralizó, y me entraron ganas de vomitar. La gente se acercaba, y la policía -que ya había llegado- intentaba calmar a la muchedumbre. No sé qué interés extraño y morboso lleva a la gente a querer ver una escena como ésa, pero yo hubiera pagado por no haberlo visto. De pronto todo se volvió más absurdo que nunca: yo, mi examen, el hecho de haberme preocupado porque “no me sé el tema 7″, e incluso todo lo de mi madre.

El otro autobús llegó a los cinco minutos, y nos metieron a todos como hormiguitas. Mientras subía y buscaba un hueco me di cuenta de que en el sitio en el que había algo a lo que agarrarse no cabía, y donde cabía, o no había barra alguna a la que sujetarse o, sencillamente, no llegaba a ella (es lo que tiene ser bajita, que las del techo son completamente inútiles para ti). Tuve que aguantar casi todo el camino las quejas de las abuelas del autobús que no había sufrido el accidente, diciendo cosas como “no tenemos la culpa” y “si no caben, que suban en el siguiente”. Me entraron ganas de pegarle un corte a más de una, o un empujón, o un chillido, o lo que fuera.

Al final llegué a la universidad a las dos menos cuarto; comí con una compañera de clase e hice el examen. Mitad de mi cabeza estaba a lo que estaba, la otra estaba fuera del aula. Cuando salí, comenté lo típico con los compañeros: que si ésta me ha salido bien, que si esto era lo del tema tres, etc etc. Fui a la parada del 24 para volver a casa, y cuando llegó, me di cuenta de que no podía volver a subir al autobús. Al menos no hoy.

El corazón me empezó a latir más rápido, estaba nerviosa. Decidí irme andando desde San Vicente a mi casa, pese a que son cerca de 10km. Durante el camino no pude dejar de pensar en el día de hoy, y en por qué las cosas pasan como pasan. ¿De verdad está todo escrito? ¿En serio eso tenía que pasar? Al final he tardado una hora en llegar a casa, me duelen las piernas, la cabeza y la muñeca. No sé, como ya digo, supongo que es lo que tiene estar con la regla y a punto de caer malita…

Daily Diary

Me he dado cuenta de que tengo millones de cosas en la cabeza. No es que quiera hacerme la interesante (porque las cosas que me pasan no lo son), pero siento que cada vez tengo más y más cosas de las que acordarme y que, lógicamente -y porque soy humana- no recuerdo. Siento que debería de planificar mi vida día a día, hora a hora para poder llevar un orden.

No me considero una persona precisamente ordenada, pero hasta yo me doy cuenta de que todo tiene un límite. Últimamente he llegado a un punto en el que siento que se me va de las manos. Olvido llamar a alguien, o ir a comprar algo, olvido con quién he tenido ciertas conversaciones y con quién no. Y empiezo a confundir lo que sueño con lo que pienso, y lo que pienso con lo que digo.

Necesitaría apuntarme hasta las cosas más tontas: ir a comprar un libro para clase, cita a las 9.00 para ir a la biblioteca o incluso el tiempo libre que tengo. No sé si es muy normal que se me olviden tantas cosas (la verdad, tampoco quiero pensarlo), pero siento que debería de hacer algo para poder ayudarme a mí misma.

Cosas que aprendes a las 3.20am

Creo que me ha vuelto a pasar.

Supongo que no aprendo. Yo sabía que podía pasar, y él me había avisado. Lo peor de todo era que había dado luz verde aun a sabiendas de que podía pasar esto. Y ha pasado. Y ahora lloro, y me desespero. Y me duele. He bajado la guardia, me he olvidado de que había ciertas “normas”, y he dejado volar mi imaginación. Me he sentido llena, alegre, y feliz. Sí, he bajado la guardia pero… me recordaba tanto, tantísimo a él

Era como si pudiera tenerlo a él, pero aquí. Y creo que me dejé guiar por mis impulsos, e hice algo creyendo que de alguna manera por fin conseguiría sacarme esa espinita que se me quedó clavada con él. Ahora veo que no, que sigo igual, o quizás peor que antes. No tengo nada, nada en mi haber y no tengo a nadie salvo los recuerdos. Me siento mal, y no sé cómo arreglarlo. Siento que no tiene remedio, y que ya hace tiempo que debería de haber dejado de esperarle.

Hay días que me levanto totalmente segura y confiada, sintiendo que me como el mundo. Luego, en cambio, hay veces que desearía irme lejos, empezar de nuevo en otro sitio, siendo una persona diferente, conociendo a personas diferentes, y olvidándome de todo lo pasado. Me gustaría poder tener siempre la fuerza que tengo cuando me siento con el valor de enfrentarme a mi propia vida, y no tener una vida plagada de días en los que evito pensar en mí misma y sencillamente me limito a la rutina.

Tengo miedo, y lo peor de todo es que siento que nadie en el mundo podría entender cómo me siento, sin reprocharme nada, sin decirme que soy una víctima, o que lo veo todo muy negro, o que exagero. Me gustaría poder abrirme a alguien sin miedo a su respuesta, sin tener que temer que me dé un corte, o me diga que piensa que soy una fatalista. Porque eso yo ya lo sé, y cuando estoy mal no necesito que me digan lo malo que tengo, sino que me recuerden que, pese a todo, también he podido salir adelante con muchas cosas. Y que aunque soy pequeñita, parezco de hierro, y que eso, además, es lo que me hace ser especial.

Necesito sentir que tengo a alguien así. Pensé que él podía ser esa persona, pero me equivoqué. Y ahora me siento tonta, débil y sola. Y no tengo ganas de que el mundo siga girando. Lo peor de todo esto es que solo es un motivo más para desconfiar de la gente, para hacerme más hermética, para evitar abrirme a nadie, y sobre todo, para no poder dejar de vivir en el pasado. Por favor, necesito que esto cambie.

Veinte

[Atención: éste también es un post largo… No sé qué me pasa]

Este año es decisivo, muy importante para mucha gente; entre ellas, yo incluida. Los que somos de la generación del 90, aquélla de los Bollycaos, los tazos, los gogos, los Pokémon y de la que tanto se quejaron en su momento, empezamos a cumplir 20 años. Particularmente, saben que aún me queda casi un año entero para cumplir tal edad (porque yo prácticamente soy del 91, al cumplir a finales de año). Sin embargo, la mayoría de mis amigos son de los primeros meses (enero, febrero y marzo, sobre todo).

Con esta edad, hay quien ha preferido no celebrar su cumpleaños de fiesta sino en un karaoke. Hay quien, deprimido por llegar a la veintena, se ha puesto a hacer recuento de lo que tienen en su haber (naturalmente, muy poco). Uno empieza a pensar en las parejas, en aquello de no quedarse solo. Los que tienen novio, se sienten atados y piensan que hasta dónde va a llegar su relación. ¿Si cortamos, no será ya muy tarde para que yo encuentre a otra persona? Los que no tienen, se martirizan pensando en que son los únicos solterones del grupo, y que nunca van a encontrar el amor verdadero. Los que ni tenemos pareja ni dejamos de tenerla, vivimos en una continua incertidumbre sobre adónde nos va a llevar lo que tenemos, y sentimos miedo de colgarnos por alguien que puede que solo se esté divirtiendo. Las cosas empiezan a preocuparnos más de lo habitual.

Con 20 años uno se siente igual de crío que con 15, pero con más sentido de culpabilidad.
Cuando estás en el instituto piensas que cuando llegues a la mayoría de edad serás un adulto, y, si no lo eres entonces, con “veintitantos” seguro que sí. Lo cierto es que no me sorprende ya recibir noticias (bueno, ¿para qué engañarnos? cotilleos) sobre ex-compañeras de colegio o instituto que ya son madres. Poco queda ya para enterarme de que alguien se ha ido a vivir con alguien, o de que otros se van a casar. ¿La primera boda de amigos? siento que está cerca.

A esta edad uno empieza a vivir una segunda adolescencia. Quieres seguir comportándote como lo hacías antes, pero cada vez empiezas a tener menos ganas y, para colmo, tienes más responsabilidades cada día que pasa. Han pasado cinco, seis o siete años (tal vez más) y sigues sin encontrar tu hueco en el mundo. Sigues siendo el mismo, pero ahora tienes responsabilidades. Te toca tomar decisiones importantes sobre qué estudiar (o qué seguir estudiando), sobre empezar a trabajar, sobre viajar o no hacerlo, sobre formarte más o menos, sobre relacionarte con la gente.

Piensas mucho en unas cosas y luego haces tonterías sin pensar, vives un poco sin controlar del todo tus impulsos. Un día eres la persona más madura del mundo, y reflexionas sobre lo que te ha aportado la vida y sobre a lo que te gustaría aspirar, y al día siguiente puedes estar de borrachera y acabar durmiendo en la playa, sin saber cómo has llegado ahí ni en qué momento perdiste la cartera. No somos adultos, no sabemos serlo, y es que en realidad no queremos serlo.

Siempre me quejo de que parezco muy pequeña. El otro día fui a mi instituto a recoger el diploma del graduado en bachillerato, y en media hora que estuve por los pasillos me confundieron con una alumna cuatro veces. “¿No tienes clase?”, decían, y yo tenía que explicar que hacía dos años que ya no era alumna de ese instituto. Me suelo quejar, como digo, de que tengo estatura, cuerpo y cara de niña. Sin duda es algo que me repatea, y siempre digo que me muero por cumplir unos cuantos años más. Sin embargo, he de admitir que, como a todos, a mí también me da miedo.

Tengo miedo de no darme cuenta de que el tiempo se me va de las manos. De no saber controlar mi vida y verme de pronto fuera de casa, con un trabajo más o menos estable, con una pareja (o no) y aburrida de todo. No me gustaría sentir que me estoy perdiendo algo. No pretendo tener una vida plagada de aventuras y anécdotas a la espalda, pero tampoco querría llevar una vida previsible y acabar preocupada por el precio de los libros del colegio de los niños. Me asusta creer que, si hay algo que pueda hacer, va a ser durante los diez años (más o menos) que me esperan cuando cumpla los 20.

Soy una persona con tendencia al fatalismo, y sabéis bien lo mucho que le doy la vuelta a las cosas, así que no me hagáis mucho caso pero… ¿esto empeora con la edad?

2009

[Atención: post largo]

Me tomo las olivas a modo de uvas.
Me atraganto con ellas.
Suenan las campanadas y sonrío al año que empieza.
Me beso con mi padre, con mis hermanas, y me beso con mi madre.
Estudio día y noche.
Estudio historia. Estudio técnicas de investigación social en valenciano. Estudio sociología y bases psicosociales. Estudio publicidad.
Madrugo, cojo el bus, me presento a los exámenes.
Apruebo.
Suspendo.
Vuelvo a aprobar.
Empieza el cuatrimestre.
Mis ánimos van decayendo.
Voy al hospital todos los días.
Falto a clase.
Voy al hospital.
Sigo faltando.
Conozco a las enfermeras por su nombre.
Subo y bajo en ascensor.
Me tomo Coca Colas de máquina.
Me tomo Kinder bueno de máquina.
Leo Crepúsculo.
Juego a la Nintento DS.
Las horas pasan.
Celebramos el cumpleaños de Laura.
Falto a clase.
Voy al hospital.
En marzo, nos advierten sobre el estado de salud de mamá.
Dos semanas después, mamá nos deja.
Llamo a mis amigas.
Llamo a Javi antes que a mi novio. Y aún no sé por qué.
Hablo con él por primera vez desde que cortamos en junio del año pasado.
Vamos al velatorio.
Ese día como en el McDonald’s un menú McPollo y a continuación un menú CBO, todo con patatas bravas y fanta de naranja. Y luego tomo postre.
No me dejo nada. Todo me da igual ese día.
Voy a clase.
Hago trabajos en grupo.
Los grupos no responden, y el trabajo me estresa.
Lloro por el estrés, y por las cosas mal hechas y a última hora.
Al final saco el trabajo adelante.
Exponemos los trabajos.
Tengo vacaciones de Semana Santa.
Estudio introducción a la comunicación social. Estudio historia. Estudio economía.
Vuelven las clases. Vuelvo a clase.
Madrugo, cojo el bus, me encuentro a gente, finjo estar alegre.
Madrugo, hablo con la gente de clase aunque no estoy del todo segura de si les caigo bien.
Hago trabajos en grupo.
Los grupos no responden, y el trabajo me estresa.
Lloro por el estrés, y por las cosas mal hechas y a última hora.
Al final saco el trabajo adelante, y no aprendo.
Exponemos los trabajos.
Llegan los exámenes.
Estudio de todo y a todas horas. Y no salgo.
Me estreso, siento que no llego a todo, y siento que no lo entiendo.
Economía me supera. Me siento subnormal porque no entiendo nada.
Madrugo, cojo el bus, me presento a los exámenes.
Apruebo.
Suspendo.
Vuelvo a aprobar.
Me presento a los exámenes que suspendí.
Apruebo. Por fin.
Llega el verano.
Intento buscar trabajo, pero es en balde.
Pierdo el contacto con muchos amigos.
Hay roces, y la tensión se palpa cuando estamos juntos.
Ya nada es como antes.
Cansada del panorama que hay entre todos, me voy con Laura de fiesta.
Conocemos a Víctor y a Miguel, dos camareros de un pub.
Laura se emborracha como no lo ha hecho nunca.
Ella y Miguel se enrollan.
A Laura le da un bajonazo considerable. Yo la ayudo y la llevo a casa.
Voy con Laura a la playa.
Vuelvo a ir con Laura a la playa.
Nos hacemos fotos, tomamos el sol, tomamos helados y nos bañamos.
Hablamos, cotilleamos y pensamos en cómo será todo cuando el tiempo vaya pasando poco a poco.
Me entero de que Javi tiene novia.
A pesar de todo, soy feliz.
Lucía se va a Londres.
Blanca se va a Alemania.

Papá y yo nos quedamos en Alicante.
Hace un calor terrible, y yo me empiezo a aburrir del verano.
Cada día hace más calor. Maldigo al cambio climático.
Voy a la playa con Laura.
Voy a la playa con Josué y Laura.
Voy a la playa con todos.
Volvemos a ir a la playa.
En agosto, Moisés y yo cortamos.
El ex novio de Laura me tira los trastos.
El ex novio de Laura me besa.
Se lo cuento a Laura. A ella no le importa.
Moisés se entera.
Me odia y me manda mensajes deseándome lo peor en la vida.
Es casi como de una peli de terror mala, y me da entre miedo y risa.
Yo dejo de hablarme con él.
Y dejo de hablarme con el ex novio de Laura.
La verdad, dejo de hablarme con mucha gente.
Yo me siento constantemente mal, y me acuerdo de todo lo malo que hice en el pasado.
Y me acuerdo de Javi.
El verano se empieza a acabar.
A principios de septiembre, mi universidad abre el plazo para las matrículas.
Hay que cumplir un mínimo de créditos matriculados para poder solicitar beca.
Yo no me entero de esto hasta dos días antes del cierre del plazo.
Hago mi planning, y me matriculo de 69 créditos.
Empieza el curso, y ya no me acuerdo de lo que es madrugar.
Veo a la gente de clase y, curiosamente, me preguntan por el verano y se interesan por mí.
Eso me hace sentir bien.
Me salto clases.
Algunos profesores no vienen.
Nos explican el temario, nos explican las prácticas.
Empieza el curso de verdad.
Se forman los grupos de prácticas. Otra vez.
Empezamos a hacer prácticas.
Celebramos el cumpleaños de Víctor. Mi regalo para él es un dibujo.
Hago trabajos en grupo.
Los grupos no responden, y el trabajo me estresa.
Lloro por el estrés, y por las cosas mal hechas y a última hora.
Al final saco el trabajo adelante, y sigo sin aprender.
Ya no exponemos los trabajos.
Llegan pequeños puentes, y Lucía se va a Madrid.
Estudio, paso apuntes, estudio y paso apuntes.
Celebramos Halloween. Hago la calabaza y la coloco en el balcón a la vista de todos.
El día de todos los santos, papá envía un ramo de flores a Ferrol. Y yo me acuerdo de mamá.
Se acerca mi cumple. Pero estudio, y hago trabajos en grupo.
Me pongo mala.
Se me la cámara de fotos.
Cinco días después se me rompe el disco duro.
Pierdo todos los datos, todos los apuntes y trabajos.
Y me pongo a llorar, y papá se enfada conmigo porque dice que así no soluciono nada.
Yo lloro más.
Sigo enferma, pero paso apuntes como una loca y vuelvo a empezar trabajos que tenía terminados.
Hago la segunda práctica de diseño gráfico rápidamente y como una loca.
La saco adelante con un 7,5.
Me presento al examen de conducir por primera vez.
Suspendo por no poder aparcar en cuesta.
Lloro hasta quedarme seca.
Llega mi cumpleaños, pero estoy mala.
No tengo ganas de celebrarlo, ni de fiesta.
Me regalan una cámara nueva. Y un disco duro.
Pero no soy feliz. Es como si no sintiera nada por dentro.
Hago más prácticas del coche.
Viene un puente en el que me iba a ir a Granada pero al final no me voy.
En lugar de eso, estudio y sigo pasando apuntes y haciendo prácticas y trabajos.
Hago trabajos en grupo.
Los grupos no responden, y el trabajo me estresa.
Lloro por el estrés, y por las cosas mal hechas y a última hora.
Al final saco el trabajo adelante, y no aprendo.
Exponemos los trabajos.
Pensando que el trabajo de lengua española era para enero, me voy dejando la tarea.
A una semana de la entrega, me entero que hay que darlo el día 16.
El día 16 voy a examen de conducir por segunda vez.
Suspendo por saltarme un semáforo en rojo a dos minutos de acabar el examen.
Lloro de pura rabia.
En el mismo día, empiezo y acabo la práctica de diseño gráfico.
En el mismo día, recibo un mensaje al Tuenti de Javi.
Me felicita por mi cumpleaños, y me dice que me cuide, que me vaya bien en la vida, que soy muy buena persona y que siente si me hizo daño, pero para él era menos doloroso así.
No sé a qué viene ese mensaje, y menos ese día.
Lloro, me pinchan y no me sale sangre.
Llamo a Laura, tengo que contárselo a alguien.
Siento que eso no puede estar pasando de verdad. No puedo tener tan mala suerte.
Al día siguiente, empiezo y acabo otra práctica que es para el martes siguiente.
Tengo la cena de clase.
Vamos solo 17 personas.
Yendo hacia la zona de marcha, un chico de mi clase salta del puerto a un barco.
Y se cae al agua queriendo volver del barco al puerto.
Viene la Policía. Viene la Policía portuaria.
Le toman los datos. Se descojonan en su cara.
Se va en taxi.
Yo vuelvo a casa sola.
Veo un mail con unas fotos que son para un trabajo.
Hago trabajos en grupo.
Los grupos no responden, y el trabajo me estresa.
Lloro por el estrés, y por las cosas mal hechas y a última hora.
Al final saco el trabajo adelante, y no aprendo.
Esta vez expongo yo sola el trabajo porque ninguna de mis otras tres compañeras se digna a ir a clase.
Llevo a imprimir el trabajo de diseño gráfico por la mañana. Una de las partes sale más pequeña de lo normal.
Llevo a imprimir el trabajo de diseño gráfico por la tarde. Ahora sale mal porque sale más grande de lo normal y me sobra 0,5cm.
Llevo a imprimir el trabajo de diseño gráfico a otra imprenta, pero está cerrada.
Lloro de rabia, de tristeza, de desgana, siento que me tiemblan las piernas y que ya no puedo más.

Este año ha sido demasiado largo, y han pasado demasiadas cosas. Ahora mismo reconozco que estoy en un momento muy malo, motivo -entre otros- por el que no he escrito casi nada. Supongo que este post es una buena manera de resumir el año, y de compensar la escasez de posts. No sé si escribiré otra vez este año. La verdad, tengo ganas de que se acabe. Si al final no pudiera escribir otra vez… ¡feliz Navidad y feliz año nuevo!

De dos en dos

Hace un par de semanas mi cámara decidió morirse. El caso es que funciona perfectamente pero ha debido de joderse la lente, porque me salta un error de “no se puede enfocar”. Bien, una vez me sobrepuse del shock y he aprendido (temporalmente) a vivir sin cámara, resulta que mi disco duro externo de 1TB también se ha muerto. Esto es mil veces peor, porque ahí tenía todo lo de la universidad, además de fotos desde el año 2006 y muchas, muchas películas y series. A estas alturas los vídeos es lo menos importante, porque aunque sea un coñazo, es 100% recuperable. No obstante, lo de las fotos y los apuntes jode un poco.

Últimamente no llevo una buena racha, así que supongo que en momentos como éste solo puedo reírme. O eso, o esperar a hablar con mi cuñado (que sabrá más que yo, que para algo estudió ingeniería informática), a ver qué me dice. Lo que jode (no es el verbo, en realidad) es que creo que las cosas que hay son recuperables, pero por el módico precio de 150€ mínimo, 1500€ máximo (más o menos). Se aproxima mi cumple, y podría pedir que éste fuera mi regalo pero juraría que ya me habían comprado la cámara de fotos…

Si es que está visto que las desgracias siempre vienen de dos en dos.