Me gustaría creer que no es verdad. Que lo que pasó no influyó en nada. Y que, en realidad, solo se trata de algo temporal.
De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que cada vez soy menos amable, menos empática, menos cálida, menos humana. Hago cosas como un robot, y empleo la lógica mucho más de lo que debería. Tiendo a no fiarme de nada, a desconfiar de todo el mundo y esperar que me metan la puñalada trapera. Además nunca he sido una persona con mucha autoestima, por lo que ahora entiendo mucho menos por qué nadie va a querer acercarse a mí, preocuparse, compartir su tiempo conmigo.
Cada vez hago las cosas menos por mí y más por el resto. Intento no dejarme llevar por mis sentimientos sobre lo que “me sienta bien” o “me sienta mal”; sobre lo que “me hace daño” y sobre lo que “quiero”. Siento que yo soy la última persona que en realidad importa y lo cierto es que encuentro casi más satisfacción en hacer lo que el resto quiere (aunque yo no quiera) que en dejarme llevar por mí misma. No sé si suena triste, patético, victimista o no. La verdad es que, para variar, me da igual.
Todo esto sería ideal si, dentro de mi ataráxica percepción del universo, además me hubiera desprendido del último resquicio que identifico como totalmente humano. Y es que, pese a que todo me da igual, pese a que prefiero estar sola antes de acompañada por gente que siente lástima y compasión de mí, y pese a que sé con seguridad que soy un cubito de hielo, no consigo evitar sentirme mal. Porque me gustaría no ser así, porque desearía poder ser más amable y menos pesimista, caerle bien a la gente, no pensar tanto, no creer que no merezco la pena, quererme un poquito y, por supuesto, encontrar a alguien que me quiera.
En el fondo creo que la razón está ahí. No confío en la gente porque lo hice una vez y sufrí demasiado. No quiero que la gente sienta pena de mí y de mi forma de ser porque es a mí a la primera a la que le da lástima no poder pensar de otra manera. Me gustaría tanto, tantísimo, poder volver a tener esa ilusión, ese nerviosismo, esa sana dependencia de alguien y, por qué no decirlo, esa inocencia…
Llamadme inmadura, decid que no sé lo que me espera, que veo cosas donde no las hay y que todo el problema está en mi cabeza. Aunque lo interesante sería que alguien me dijera algo que no supiera ya.
Hoy he tenido una extraña conversación con una extraña persona. Me han dicho que tengo un problema, que mi forma de entender la vida es muy triste y que me recomiendan cambiarla. Me han dicho que así no se puede vivir, que no soy una persona fuerte y que, en realidad, dependo mucho de la gente aunque reniegue de todo. Me han dicho que solo rechazo a la gente que se preocupa por mí porque en el fondo tengo miedo de bajar la guardia y creer -de verdad- que les importo. Dicen, además, que no valoro nada lo que tengo, y que soy demasiado exigente con todo el mundo. Me han dicho eso y no he podido contestar, porque sé que llevaban razón.
Me he sentido mal, muy mal. De darme cuenta de cuán miserable resulta mi perspectiva, de la manera tan ruin que tengo de vivir mi vida. Me he dado cuenta (una vez más) de lo lejos que estoy de poder sentirme bien. Sin embargo, no he podido llorar. Yo, que solía ser todo lágrima, no he podido ni siquiera sentir el nudo en la garganta. Sentía tanto dolor dentro de mí que me ha resultado imposible l lamentarme y llorar.
Me gustaría mucho encontrar una manera (a parte de la que ya se me ocurre, pero que es imposible) de parar esta bola de nieve. Se admiten sugerencias. Ir al psicólogo no vale (que es demasiado caro…)