Cosas que hacer en verano

Cuando empezó el curso me prometí a mí misma que este verano buscaría trabajo, sí o sí. Hoy, a principios de julio sigo sin curro. Naturalmente no voy a conseguirlo a estas alturas, y es bastante (por no decir “totalmente”) probable que cuando empiece segundo no voy a tener ganas de buscar trabajo. Sin embargo, intento verlo por el lado positivo pensando que, aunque no trabaje, tengo otras muchas cosas que hacer en verano, como estudiar, sacarme el teórico del coche, estudiar, pasar calor, ir de rebajas, sacarme el teórico, ponerme al día con las series, estudiar, ver cómo mis hermanas se van a Londres y a Lüneburg mientras yo me quedo en Alicante, estudiar, estudiar, estudiar…

Creo que debería tomármelo todo con más calma.

Lumbálgica perdida

El viernes, hablando por teléfono con Moisés, me dio un yuyu y me empezó a doler la espalda. Desde entonces no ha mejorado. En Alicante se acaban de terminar ‘les Fogueres de Sant Joan’, y todos los años la semana siguiente a las fiestas, en la playa a partir de las doce hay fuegos artificiales. El viernes yo iba a ir con mis amigos, pero me tiré toda la tarde en duerme vela, con un dolor insufrible de espalda, y no estaba para esos trotes. Ayer no salí de casa, me seguía doliendo, y hoy ni siquiera he podido dormir.

A las doce de la noche me quedé frita y me desperté a las tres y media. Desde las tres y media hasta las ocho menos cuarto estuve intentando dormir y viendo la tele. Vi un montón de programas de llamadas y juegos absurdos (que son un timo) de los que dan de madrugada, un capítulo de Aquí no hay quien viva, la película de Willy Wonka y la fábrica de chocolate de 1971 -con Gene Wilder como Wonka-, dos capítulos de La Banda del Patio en Disney Channel, un capítulo de Las Supernenas en Cartoon Network, el “ricón rural” de las noticias del canal 24h de TVE y finalmente me dormí con Las tres mellizas en Jetix. Me desperté cerca de las once de la mañana con un dolor aún más intenso en la espalda.

Mi padre, que se despertó minutos después, me “arrastró” para ir a urgencias, así que me duché y fuimos con el coche hacia allá. Y el diagnóstico es que tengo lumbalgia. El médico de guardia no me miró más de una vez, supongo que eso de que te toque currar en domingo te desmotiva bastante, y me recetó ibuprofeno. Para colmo, además de la lumbalgia, me tiene que venir la regla, así que también me encuentro mal por eso. El médico ha dicho que me medique cinco días más, lo cual quiere decir que estaré jodida hasta la semana que viene… ¡y yo con examen el día 7!

Un mal día

Hoy he soñado con Javi. Exactamente no sé qué soñaba pero me he despertado sobresaltada y triste. Me he despertado a las siete por primera vez desde hace un mes más o menos, y, tumbada en la cama, he pensado que podría ser una buena idea ir al banco. Hace más de un mes yo misma cancelé mi tarjeta al introducir un número secreto erróneo. No lo hice adrede, olvidé que le cambiaron el número cuando me tocó renovarla, e introduje el número antiguo. Una tontería propia de una despistada. Supuse que al ir a primera hora al banco, como ya he ido otras veces, no habría mucha cola, y que me daría tiempo a ir al centro comercial y pedir mis lentillas desechables. Después me daría tiempo a llegar a la autoescuela y dar la clase teórica. Todo a pedir de boca.

Pero no encuentro mi DNI, por lo que ir al banco a pedir una tarjeta nueva es tontería. De pronto todo se me ha caído al suelo, y he empezado a pensar que tal vez toda esa gente que me dice que soy un desastre, lleven razón. Que a lo mejor es verdad eso de que no soy responsable y de que no sería capaz de estar al cargo de nadie. Y esto me lleva a replantearme ciertas cosas. Mi cuarto está manga por hombro, he suspendido dos asignaturas, he perdido mi DNI y he cancelado mi propia tarjeta de crédito por ser tan feliz como para no darme cuenta de que habían cambiado el número. Sin olvidar que, después de casi un año de dejarlo, y con otra pareja, aún sigo acordándome de mi ex-novio. En serio, ¿qué clase de persona soy?

Sobre calzar un 34

[Atención: Post largo]


Un pie del 34 queriendo entrar en un zapato del 45

Todo aquél que me conozca un poco sabe esto: tal vez sea precisamente porque tengo problemas para encontrar mi número, pero los zapatos es algo que me vuelve loca. A lo largo de todo este tiempo me he recorrido muchas webs recopilando información sobre algo tan común para mí y totalmente desconocido para muchas personas, y creo que es hora de compartirlo con todo el mundo. Este post va dedicado especialmente a todas aquellas chicas que tienen el mismo problema que yo.

En primer lugar, debo decir que la información podológica es muy escasa y pobre en la red. Si la información sexológica es amplia y detallada (¡cómo no!), los pies es algo de lo que nadie habla… probablemente porque nadie con un pie sano y normal se ha parado nunca a pensar en la importancia de los mismos. Los pies son muy importantes en el cuerpo humano. Olvidamos que la diferencia entre los humanos y los animales es que nosotros somos bípedos, luego, los pies resultan ser una de las características del humano más importante y significativa, y podría equipararse al pulgar prensil.

Partiendo de la base de que mi conocimiento podológico y óseo es nulo debido, ya digo, a la propia falta de información en la red, sólo puedo decir que no sé si es normal tener un tamaño de pie menor o mayor de lo que social y comercialmente se considera un pie de mujer. Si bien es cierto que el crecimiento es algo que depende de muchos factores (entre ellos, el más importante, la propia genética), deduzco que con la cantidad de estudios que se realizan hoy día, se habrá establecido qué es lo más común según la edad, el ámbito geográfico, etc. No obstante, yo ignoro esos datos y no sé si soy o estoy dentro de lo normal.

Así, como no sé si es normal tener el pie pequeño a mi edad y en relación a mi peso y altura, tampoco sé si mi pie se ha visto condicionado por el tipo de calzado que he utilizado toda mi vida en su etapa de crecimiento. No sé si pueden seguir creciendo, ni si puedo hacer algo para que crezcan. Tampoco tengo ni idea de si soy más propensa a tener problemas de espalda por tener los pies pequeños. En lo que respecta a esto, tengo muchas dudas que espero llegar a resolver.

De lo que sí puedo hablar es del aspecto comercial. Hasta hace unos años, en España se comercializaba el calzado de mujer desde el número 35 hasta el 40. Posteriormente España se equiparó al sistema europeo, lo que se estipuló mediante la norma UNE de 59850 del año 1998 de la Asociación Española de Normalización y Certificación (AENOR). Comúnmente se conoce este paso como aquello de que “un 35 pasa a ser un 36″, de ahí que se fabrique hasta el 41 en mujer. Sin embargo, esto no es cierto. La diferencia entre los diversos sistemas de medición del calzado viene dada en primer lugar por si se mide según el sistema métrico o no, y en segundo lugar, en función de si vamos medio centímetro en medio centímetro o no.

En el calzado, y más en el de mujer, es muy importante la diferencia de un par de milímetros, porque pueden suponer el uso de un número u otro. En España, antes del cambio, se estipulaban los números de medio centímetro en medio centímetro. Así, una chica cuyo pie medía 22cm calzaba un 35, si medía 22,5 calzaba un 35′5, si medía 23, calzaba un 36, etc, etc. El sistema europeo se caracteriza por asignar un número cada 6,66mm y no cada 5mm. Debido a ello, todos los números parecieron “subir” de pronto: 22cm significaba calzar un 35′5, 22,5 significaba calzar un 36 y 23 significaba calzar un 36′5. No obstante, sigue habiendo muchos zapatos que o “se me caen” o “me quedan apretados”, y es que cada fabricante tiene un tallaje personal. La diferencia es pequeña pero importante, y más en tacones.

El hecho de la “desaparición” del 35 ha hecho que, a la larga, este número se considere dentro del calzado para niñas. Si el calzado de adulto es difícil precisamente por las diferencias de países y de mediciones y sistemas que existen, tratad de imaginar el de niños, que depende ya no sólo del país sino también del fabricante. Actualmente los números considerados de mujer van del 36 al 41 (en algunos casos, 42).

Lo creáis o no, resulta mucho más fácil encontrar calzado para mujer de números grandes (del 41 al 45, por ejemplo) que de números pequeños (desde el 31 hasta el 35). La razón es sencillamente que, por genética, la gente cada vez es más mayor, más alta y más grande. Y por ende, sus pies son iguales. Las empresas que se dedican a hacer calzado de estos números se denominan a sí mismas de “tallas especiales”, lo cual, personalmente, me hace sentir aún más como un bicho raro. Los zapatos que ofrecen suelen ser atemporales o directamente para personas de una cierta edad. No es posible seguir la moda teniendo el pie pequeño a menos que seas rico y puedas pagar una media de 150€ por cada par.

En España existen diversas zapaterías en todas las ciudades que no tienen ni página web y que es imposible encontrar a menos que te digan que están ahí. Sólo tres o cuatro empresas tienen página web, y sus precios no bajan de 60€ cada par. Resulta un tanto disparatado teniendo en cuenta que el coste de fabricación de unos zapatos del 33 es el mismo que el de unos zapatos del 37; puede incluso que por uso de material, sea más rentable. Al precio del zapato hay que sumarle además los gastos de envío.

En cuanto a páginas extranjeras, las más baratas son las estadounidenses y las más caras las inglesas. Sin embargo, ni los unos ni los otros venden fuera de sus respectivos países. Las páginas de “rango medio” tienen muy poca variedad y normalmente es un caos averiguar con qué talla corresponde tu pie; además de los gastos de envío. En resumidas cuentas, la situación es un caos y desmoraliza un montón.

Mi pie mide 215mm, lo que equivaldría a un 34,5 español y a un 35 europeo. Según lo que sé, calzo un 2 según el sistema inglés, un 4′5 según el americano y un 21 según el japonés. En cualquier tienda española (multinacionales, sobre todo) calzo usualmente un 34, ya que, al poder comprarme sólo zapatos para niña, las medidas son ligeramente más pequeñas que en mujer. Curiosamente, en Asia resulta mucho más fácil encontrar números pequeños que grandes, y es que allí todavía muchas empresas comercializan desde el 34 hasta el 39. Muchas otras, en cambio, se dejan llevar por la oleada occidental y se equiparan al resto de empresas internacionales.

Ahora, con todo esto lo que yo me pregunto es: calzando tan sólo un centímetro menos de lo normal, ¿por qué me siento como si hubiera que tratarme de manera diferente al resto? al fin y al cabo, sólo es un centímetro, ¿no?

Responsabilidades

Ahora que ha terminado el curso y tengo sólo dos exámenes por delante, creo que estoy en situación de hacer balance. Desde el año pasado todo lo que ha ido sucediendo ha sido cada vez peor. Si 2008 fue malo, 2009 se lleva la palma, eso bien lo sabéis. A lo largo de todo este tiempo me da la sensación de que muchas cosas que, probablemente, debí haber aprendido poco a poco, las he aprendido de golpe. Tal vez sea por cómo se han sucedido las cosas; y me explico.

No me considero una chica precisamente “madura”. Soy consciente de que hay muchas cosas de mí que todavía siguen siendo muy infantiles, y el propio hecho de excusarme de algo de lo que no se me acusa lo demuestra. De todos modos, partiendo de la base de que no creo que exista el paso de “hacerse mayor”, creo que es difícil serlo sin más. Sin embargo, hay un aspecto en el que creo que todo adulto coincide, y que sí que sirve para determinar quién es más o menos consciente de las cosas que le rodean.

Parte de “ser mayor” consiste en asumir que ni siempre se lleva uno la razón, ni siempre va a hacer cosas que le gusten, ni tampoco va a tener todo masticado y remasticado. Y es que por poco que te guste tu situación (que, en el fondo, seguro que no es tan mala), si pretendes conseguir algo, vas a tener que trabajar para ello. Esto, en mi situación, se traduce en que si quieres sacarte la carrera, tienes que estudiar. A nadie le gusta tener que hacer prácticas en grupo y que haya descoordinaciones, ni tener que estudiar como una perra todos los días, ni mucho menos estar de exámenes y no poder salir, ni ver películas ni hacerte maratón de Lost, pero si lo que quieres es aprobar y no tener que pasarte todo el verano estudiando, es lo que hay.

El primer curso de mi carrera tiene 12 asignaturas a seis créditos cada una. En el primer cuatrimestre aprobé 5/6, y la que me quedó, fue por tres décimas que no llegaba a la nota. El examen de recuperación lo tengo el día de los San Fermines. Ahora me examino de las otras seis asignaturas; he hecho cuatro exámenes de momento y he aprobado tres. La otra nota todavía no la sé. Confío en poder sacarme todas, porque incluso las que pensaba que me iban a quedar para el año que viene (véase Economía), al final las saqué.

¿Es comprensible que me joda que mi novio, que se ha estado rascando la barriga durante todo el año, me diga a estas alturas que no quiere quedar conmigo porque tiene que estudiar? ¿Es comprensible que me sienta “un poco molesta” cuando sus padres insinúan que parte de la culpa de que su hijo no estudie la tengo yo, por “acapararlo” y no dejarlo estudiar? ¿Es comprensible que me moleste que él vaya a estar todo el verano yendo a la academia (como si estuviera aún en el instituto) mientras yo quiero pasármelo bien y estar con él, y no voy a poder? ¿Es comprensible o yo soy una lunática?

Big

Hay una teoría psicológica que habla sobre esa sensación que hemos tenido todos de que, cuando de pronto eres consciente de algo, no haces más que recibir información sobre eso mismo. La teoría afirma que, lejos de ser entonces cuando empezamos a recibir la información, lo que pasa es que empezamos a ser conscientes de estar percibiéndola. La idea es que la información es latente pero que uno no la percibe hasta que sobrepasa los umbrales de su subconsciencia. Aunque suene rocambolesco, algo parecido me está pasando a mí.

De un tiempo a esta parte no hago más que encontrarme en situaciones en las que, por una cosa o por otra, acaba alguien diciéndome lo extrañamente “pequeña” que parezco. Bien sabéis todos que, mientras otras chavalas tienen el gran problema de parecer que tengan 25 años cuando en realidad tienen 15, yo más bien soy todo lo contrario. Estoy totalmente segura de que dentro de unos cuantos años agradeceré parecer más joven, pero desde luego a día de hoy creo que hay pocas cosas que más me jodan que el hecho de ver a una cría de 14 años, pintada como una puerta y con taconazos a la que todo el mundo le echa como mínimo mi edad.

Ya no es sólo lo pequeña que soy en cuanto a estatura o peso, porque ni llego al metro sesenta ni tampoco a los cincuenta kilos, es cuestión de la cara. Me gustaría saber qué es lo que le pasa a mi cara para que a todo el mundo le parezca que tengo 15 años, y qué tienen las caras de las demás para que parezcan mucho mayores.

El otro día tuve que ir a un bar a comprarle tabaco a una amiga, y al entrar, el camarero se me quedó mirando. Cuando le pedí que activara la máquina me dijo que no podía venderme tabaco, así que le dije que tenía 18 años y le pregunté si quería mi DNI. El tío se negó y prácticamente me echó del local, y yo flipé. Si alguien sabe el secreto para parecer lo suficientemente mayor como para que la gente se crea la edad que tengo, que avise, que yo estoy un poco hasta las pelotas de andar enseñando mi DNI a todo el mundo.

Post 1720

A ver, por dónde empezar…

Llevo sin postear cuatro meses y unos cuantos días. Sé que es mucho. Ni siquiera sé cuántos de vosotros seguiréis al otro lado de la pantalla para leerme. De todos modos, creo firmemente que debo escribir este post.

Para ser sincera, debo decir que siempre pensé que cuando me viera en estas situaciones, lloraría de puro dolor y me sentiría terriblemente sola en el mundo. Creía que por mucho tiempo que pasase, siempre sería algo que me haría sentir mal. Hoy hace diez días que ella ya no está aquí. Y aunque sé que debería preocuparme por otras cosas, o que debería llorar su ausencia (que lo hago, que conste) no puedo evitar pensar en otra cosa.

El viernes 6, cuando el médico nos dijo que probablemente sólo le quedaban unas horas, me temblaron las piernas y se me secó la boca. El mundo se paró de pronto, y me bloqueé de tal manera que me dieron ganas de desaparecer. Mi madre, mi amiga, estaba a tan solo unos metros de mí, postrada en una cama, respirando entrecortadamente con una mascarilla de oxígeno y totalmente sedada. Mi madre, de la que tantas veces me había quejado y con la que tantas veces me había peleado, era entonces lo más frágil que había en el mundo y yo no podía hacer nada por ayudarla.

Pero pasó la tarde del viernes, una tarde que pareció no tener fin. Y pasó el sábado, y el domingo. Y al llegar el lunes, la ansiedad de que puede que te dijeran algo peor. Pero pasó el lunes, y el martes, y el miércoles. Y el jueves, el fatídico jueves. Hacía cerca de una semana que mi novio, al que mi madre no conoció nunca, me había comentado que la quería ir a visitar. Yo tenía la esperanza en que mi madre despertara, y pudiera volver a casa como seguro que estaba deseando. Pasó la mañana, el mediodía y la tarde del jueves. Era un día normal, casi nos habíamos acostumbrado a esa rutina. Faltábamos a clase y estábamos allí desde primera hora de la mañana hasta las diez u once de la noche, sentados, leyendo, viendo la tele o sencillamente mirándola dormir.

No lo recuerdo con exactitud, pero probablemente la última vez que vi a mi madre fue ese mismo día cerca de las ocho de la tarde. Mis hermanas y yo nos fuimos a la salita de estar de la planta y estuvimos hablando (ya ni recuerdo de qué). Llegaron mis primas y las cinco estuvimos hablando más tiempo. A las nueve y poco de la noche, mi padre entró en la salita con los ojos llorosos y nos dijo lo peor. Mi madre, que hasta hacía un rato estaba respirando, había dejado de hacerlo. Según lo que nos dijeron, no fue nada doloroso.

Aquélla fue la noche más larga de mi vida. Tal vez fueran los nervios, el no saber qué hacer o la propia situación, que me desbordó, pero lo primero que pensé cuando lo supe fue: ¿y ahora qué? ¿dónde está?. La respuesta es absurda, lo sé. Nunca me había planteado en serio el tema de si Dios existe o si hay vida después de la muerte. La verdad es que yo me negué (y me sigo negando) a creer que mi madre sencillamente había desaparecido. Supongo que cuando pasan estas cosas, uno ha de creer que aquélla persona que tanto quería no se ha evaporado de la faz de la tierra, sino que, de alguna manera, en algún sitio, sigue viviendo. Si no pensáramos eso, moriríamos de puro dolor.

El velatorio y la incineración me parecen ya hechos lejanos, pero realmente sólo ha pasado una semana de todo lo ocurrido. Aún no me he hecho a la idea de que todo esto ha pasado realmente. Y en el fondo de mi ser, de alguna manera, y aunque resulta totalmente imposible y contradice mi propio sentido común, tengo la sensación de que mi madre no se ha ido para siempre. Siento la necesidad de hablar con ella y de decirle que no estaba lista para que me dejara tan pronto, y de que sigo sin estarlo ahora.

No me hagáis caso, supongo que debo sonar como una loca.

La etiqueta amarilla

[Sí, sigo viva]

Alemán

Ayer me dieron la nota de mi primer examen de alemán. Aunque no me lo confirmaron, muchas personas me dijeron que la mía había sido la nota más alta de la clase. Miramos todos nuestros respectivos exámenes y corregimos cada ejercicio (lo típico), y cuando terminamos de hacerlo, la profesora se puso seria y nos empezó a dar una charlita. Dijo que en clase había un problema, y es que resulta que había gente que tenía más nivel del normal para ese curso, y que no dejaban oportunidad a los demás. Todos nos miramos como extrañados, pero mucho más cuando dijo que a esas personas les había señalado el examen con una etiqueta amarilla.

Yo miré el mío, tenía etiqueta amarilla. No sabía muy bien por qué la tenía, pero la tenía, y me tocaba quedarme al final de la clase. Nos quedamos unas siete personas, tres de las cuales ya habían estudiado alemán. Dos de ellas eran, una rusa y una polaca que lo habían estudiado como segunda lengua en el colegio durante diez años, y la otra era una chica que estuvo en una escuela de idiomas en Madrid durante un año. Les sugirió que se matricularan por libre en otra escuela de idiomas y que se sacaran el Zertifikat Deutsch que puedes conseguir tras pasar el nivel A2 (correspondiente al Básico).

Al resto nos miró y nos felicitó enormemente por los resultados que habíamos sacado. Al llegar a casa me sentía pletórica, el examen había salido genial y yo estaba como en una nube. Me conecté al Campus Virtual y entre todas las cosas que vi, me descargué unos apuntes que había subido mi profesora de Comunicación e información escrita, y de paso me acordé y miré si mi profesora de Introducción a la publicidad había puesto ya la nota de nuestra última práctica. Lo había hecho, tenemos un cinco. Me sentó tan mal que toda la alegría del 9,6 de alemán se fue a la mierda. Y es que la felicidad no dura eternamente.

La pasión

En la vida, si uno es bueno en algo, acabará encontrando a alguien que sea mejor que él. Suele decirse aquello de la “horma del zapato”, y generalmente la sensación que tiene el primer individuo cuando se encuentra con el segundo es la de total inferioridad. Aquello que lo había caracterizado hasta entonces había desaparecido, dando lugar a una incertidumbre y una considerable crisis de identidad. En la vida, no obstante, hay ciertas cosas que son totalmente individuales y únicas en cada ser. Entre ellas, véase, la de la pasión. La diferencia entre los individuos, como actores sociales del sistema y partícipes del consenso y conflicto de ciertas instituciones que conforman su sociedad, no es ni más ni menos que la pasión intrínseca de éstos.

Yo personalmente soy una persona a la que le encanta aprender. Si mi situación económica me lo permitiera, me pasaría toda la vida estudiando, porque me gusta saber que siempre hay cosas nuevas por descubrir y por saber. Porque creo que el mundo es amplísimo e infinito y yo soy muy pequeña, y para colmo, mortal. Me gusta tener información, saber un poco de todo, y de algunas cosas concretas (que me gustan mucho), pues mucho más. Tristemente, esta forma de vida y este pensamiento no es igual en todos. Hay quien sigue hacia delante por costumbre y comodidad, y que hace las cosas porque es lo que alguien (o alguienes) espera(n) de él. Suele ser más común en años anteriores, y es lo típico de “mis padres me obligan a sacarme el bachillerato”.

Hay quien, también, sigue hacia delante por costumbre y comodidad, pero se niega a aceptar lo impuesto y entorpece su propio camino y el del resto. Es aquél que está en clase no sabe muy bien por qué y que, en el mejor de los casos, falta más que va, pero en el peor, está en clase jodiendo al resto. Existe también aquél que sigue por obligación y en el momento en que deja de serlo, huye de aquello que le incomodaba y le ejercía una presión insoportable para él. El caso de “termino la E.S.O y me pongo a trabajar”. Por último, existe quien sigue hacia delante por propia voluntad. Ésos somos unos pocos, y conformamos la parte más “despreciable” por el resto.

La diferencia, una vez más, entre todos estos tipos de personas es sin duda la pasión. La pasión que se tiene (pues ésta no puede crearse) hacia un determinado hecho. Encontrar la pasión de uno resulta difícil, porque generalmente aquello que creemos que nos gusta (y por consiguiente, nos hace felices), en realidad no nos gusta. Por algo la gente se deja las carreras y los estudios superiores, o se cambia de unos a otros. Finalmente, el último paso para llevar al máximo la pasión de uno consiste en encontrar el modo de conducirla y de desarrollarla. Cuando esto sucede, entramos en lo que Csíkszentmihályi llamó “flow” (estado de flujo); ese estado en el que no sientes hambre, ni sed, ni tienes sueño, ni te duele el cuerpo, ni nada te molesta. Ese momento, si se experimenta, es totalmente impagable. Y cuando lo sientes, te das cuenta de que, en el fondo, pese a toda la mierda, hay cosas por las que siempre merecerá la pena luchar. Es en ese momento cuando tu pasión sale a relucir.

I Workshop de Publicidad y RRPP

Hoy ha tenido lugar en la universidad el I Workshop de Publicidad y RRPP; unas jornadas con diferentes conferencias acerca de la publicidad y de las relaciones públicas. Así que a las once fuimos todos al salón del actos del Aulario II, y comenzó el asunto. Allá arriba de la tarima estaban el Vicedecano de Publicidad y RRPP, el Decano de mi facultad, el presidente del Colegio de Publicitarios de la Comunidad Valenciana, el director de éste y el director del departamento de Comunicación y psicología social de la universidad. En resumen, cinco hombres de traje y con cara de mala leche que no hacían más que chuparse las pollas mutuamente alabarse los unos a los otros.

No nos explicaron de qué iba cada conferencia, por lo que nuestra elección debía basarse únicamente en lo que el título de ésta nos inspirase. Así, y porque no queríamos tener que ir a la clase de Sociología de 13:00 a 14:00, decidimos escuchar primero “La planificación de medios”, que era en el mismo salón de actos, para después escuchar “La creatividad y el diseño en la comunicación”, que era en el Aulario III. El objetivo era tardar en llegar a clase, por lo que escuchar una conferencia que estuviera a 10 minutos andando del aula donde teníamos la clase de sociología era, en principio, un buen plan.

Al llegar al Aulario III y encontrar, tras dar muchas vueltas, el aula 002 (donde se daba esta charla), aparece un chico y nos dice a todos los que estábamos allí que la charla es en el aula 014. Al final era un aula enorme y todo estaba llenísimo de gente (la mayoría, de tercero y cuarto); el orador era el doble de Jorge Flo, y aunque la charla fue en cierto modo amena, también sin duda fue -al menos a mi parecer- aburrida. No porque me resultara tediosa en sí, sino porque resulta que aquélla no era “La creatividad y el diseño en la comunicación”, sino “El anunciante”. Se trataba de una charla a la que no quería asistir porque el tema no me llamaba, así que en resumen este primer Workshop no me ha gustado nada (por cómo se han sucedido las cosas). Dentro de unas semanas hay otras jornadas diferentes, y espero que ésas sí salgan bien de verdad.

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