Mi alarma estaba puesta a las 6.30 de la mañana. La escuché, la apagué, la puse para las 8:30. Sonó otra vez, la escuché, la apagué, la puse para las 9.30. Entonces decidí levantarme de la cama al sofá, aunque volví a quedarme dormida hasta las 10:30. Pegué el último repaso para el examen, pero no sirvió de mucho porque el sueño me podía. Finalmente a las 11:15 decidí empezar a prepararme y a vestirme para coger el bus.
No sé qué clase de persona ha hecho los horarios para los autobuses, pero resulta que el único que me lleva directa (bueno, casi casi) desde mi casa hasta la universidad es uno que solamente pasa tres veces por la mañana y dos por la tarde. Mi examen era a las 15:00, y el primer bus de la tarde pasa a las 15:20, así que decidí irme a coger otro autobús que me llevara al centro de la ciudad para coger el único que lleva a San Vicente (donde está la universidad), en la primera parada.
A las 12:00 cogí el susodicho autobús, el 09. Llegué al centro a las 12:25. Cinco minutos después llegó el bus que va hacia San Vicente, el 24. Pude escoger sitio, algo muy raro en esa línea de bus, porque siempre se llena tanto que puedes prácticamente besarte con quien tengas enfrente. Cuando me senté, me puse la música y empecé a pensar. Resulta que hoy es 22, el cumpleaños de mi madre.
Supongo que estar con la regla y poniéndome mala influye bastante, pero el caso es que empecé a sentirme un poco rara. No me había dado cuenta de que era su cumple hasta que mi móvil me avisó con la alarma propia para las notas de la agenda; hoy mi madre cumplía 53 años. Me sentí rara porque me sentí mal; y me sentí mal porque había olvidado qué día era hoy. Sé que es normal, natural y, en esencia, también bueno para mí. Lo sé, pero… ella seguía siendo mi madre.
Por un momento he sentido como si “traicionara” su memoria, y me he tenido que contener las ganas de llorar. Sí, supongo que soy una tonta y una inmadura, pero poco me importa ahora. Estaba tan ensimismada pensando en mi madre, pensando en lo mucho que la echo de menos, que me llevé sobresalté más de la cuenta cuando el autobús pegó un frenazo de golpe. Como estaba sentada el impacto no fue tanto, pero me di con una barra de seguridad (y en la que la gente se apoya cuando va de pie, no sé muy bien cómo describirlas) en el estómago y al apoyar la mano derecha como acto reflejo, me la doblé un poco. Algo había pasado, nos habíamos chocado, con algo o con alguien.
Con alguien. Era una moto que se había puesto a adelantar a un coche cuando su semáforo se estaba cerrando y estaba en ámbar. El autobús tenía el semáforo en verde, así que supongo que no la vio hasta que fue demasiado tarde. Nos quedamos quietos durante más de veinte minutos, y la gente (especialmente las abuelitas cotillas) estaba empezando con el pánico. Que si mirando por las ventanas, que si pegando chillidos preguntándole al conductor (cuando éste estaba llamando a la ambulancia, tócate los huevos).
Finalmente una voz (la verdad, no vi quién decía eso aunque supongo que fue el ATS) nos dijo que quien estuviera herido, se hubiera llevado un golpe o quien hubiese visto algo, que se quedase. Quien no, que bajara y que lo recogería el siguiente autobús. Allá que nos bajamos casi todos, porque por suerte creo que nadie resultó herido grave. Cuando bajé, no sé cómo lo hice pero me tragué de golpe la escena. La moto estaba destrozada, y los que iban eran un chico y una chica. Ella estaba en el suelo, se movía y gritaba. Él estaba en el suelo, con un charco de sangre alrededor de la cabeza porque no llevaba casco, y no se movía.
Por un momento el cuerpo se me paralizó, y me entraron ganas de vomitar. La gente se acercaba, y la policía -que ya había llegado- intentaba calmar a la muchedumbre. No sé qué interés extraño y morboso lleva a la gente a querer ver una escena como ésa, pero yo hubiera pagado por no haberlo visto. De pronto todo se volvió más absurdo que nunca: yo, mi examen, el hecho de haberme preocupado porque “no me sé el tema 7″, e incluso todo lo de mi madre.
El otro autobús llegó a los cinco minutos, y nos metieron a todos como hormiguitas. Mientras subía y buscaba un hueco me di cuenta de que en el sitio en el que había algo a lo que agarrarse no cabía, y donde cabía, o no había barra alguna a la que sujetarse o, sencillamente, no llegaba a ella (es lo que tiene ser bajita, que las del techo son completamente inútiles para ti). Tuve que aguantar casi todo el camino las quejas de las abuelas del autobús que no había sufrido el accidente, diciendo cosas como “no tenemos la culpa” y “si no caben, que suban en el siguiente”. Me entraron ganas de pegarle un corte a más de una, o un empujón, o un chillido, o lo que fuera.
Al final llegué a la universidad a las dos menos cuarto; comí con una compañera de clase e hice el examen. Mitad de mi cabeza estaba a lo que estaba, la otra estaba fuera del aula. Cuando salí, comenté lo típico con los compañeros: que si ésta me ha salido bien, que si esto era lo del tema tres, etc etc. Fui a la parada del 24 para volver a casa, y cuando llegó, me di cuenta de que no podía volver a subir al autobús. Al menos no hoy.
El corazón me empezó a latir más rápido, estaba nerviosa. Decidí irme andando desde San Vicente a mi casa, pese a que son cerca de 10km. Durante el camino no pude dejar de pensar en el día de hoy, y en por qué las cosas pasan como pasan. ¿De verdad está todo escrito? ¿En serio eso tenía que pasar? Al final he tardado una hora en llegar a casa, me duelen las piernas, la cabeza y la muñeca. No sé, como ya digo, supongo que es lo que tiene estar con la regla y a punto de caer malita…
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