- Cinco minutos más

Últimamente me quedo dormida en todas partes. Es obvio, porque llevo cerca de un mes durmiendo pocas horas por la noche, madrugando y hasta arriba de trabajos y de cosas. Sé que debería bajar el ritmo, pero, creedme, bajarlo más sería no hacer nada.
He pensado en no presentarme a una de las tres asignaturas que peor llevo (y son cuatro exámenes, ojito). Lenguaje publicitario, Marketing y Análisis audiovisual son las más difíciles para mí. No porque sean complicadas en sí (bueno, Marketing sí), sino porque considero que tienen bastante temario.
Este año los exámenes del segundo cuatrimestre me han tocado en fechas horribles. Termino el viernes que viene (día 21), y mi primer examen es el lunes 24. Dos días después tengo otro, y el viernes tengo el tercero. El cuarto (y con éste ya termino) lo tengo el último día del mes, y después las recuperaciones en julio. Parece como si estuviera hecho para que vayamos a la segunda convocatoria. Sobre todo cuando, a día de hoy, el de Marketing sigue dando temas nuevos.
Para combatir mi fatiga contra el sueño, hago lo que todos los estudiantes: café y Redbull (¡pero no junto!). La parte positiva es que este mes termino todos los exámenes -para bien o para mal-, y la negativa es que hasta entonces va a dormir Rita. Mientras, siempre puedo relajarme escuchando un poco de buena música.
- Piensa en seis cosas imposibles antes de desayunar

Cuando he visto el papelito con mis propios ojos no me lo podía creer.
Atención: post largo
Éramos seis: tres chicos y tres chicas. Solo uno de ellos iba por primera vez a examen, el resto éramos ya veteranos (yo la que más, claro). Nos tocaba en Babel (algo bueno, al menos para mí), aunque no empezamos los exámenes desde la calle por la que siempre se empieza, sino desde el centro comercial que hay muy cerca de esta zona. Era la primera vez que salía desde ahí; cuando lo comentaron, inmediatamente pensé en mi mejor amiga, que aprobó a la segunda saliendo también desde ahí.
Los dos primeros chicos tardaron como cuarenta minutos. Al inmovilizar el coche, salieron todos de dentro: tanto alumnos como la examinadora y la profesora. La examinadora se quedó hablando con uno de los chicos, y poco después se montaron en el coche una de las chicas y el único chico que quedaba. La otra compañera y yo les preguntamos a los dos que acababan de examinarse, y nos empezaron a contar que les había hecho de todo: autovía, callejear, rotondas, aparcar…
Por lo que contaron, el primero de los chicos tuvo muy mala suerte. Al llegar a una rotonda, tenía que salir a autovía por la salida correspondiente, pero había habido un accidente y estaba la policía dentro de la rotonda, obstruyendo el carril exterior y sin dejar mucho hueco para pasar por la salida que tocaba. En ese momento, a la profesora se le “escapó” un movimiento con la mano, que indicaba qué era lo que tenía que hacer. La examinadora lo vio, y le llamó la atención.
Después, este mismo chico se equivocó al reducir de marchas saliendo de autovía, y pasó de quinta a segunda. En definitiva, el pobre muchacho estaba suspenso, y la examinadora le dijo a mi profesora que “ya le dirá usted por qué”. Se ve que han cambiado la normativa, y ahora es el examinador quien está en la obligación de decirle al alumno por qué ha suspendido, y no el profesor. Así que mi profesora se lo dijo, y acto seguido la examinadora se puso un poco borde diciéndole que ella no tenía por qué decirle nada, que “a saber si va a agredirme o algo”.
No sé, fue completamente surrealista. El caso es que las dos iban ya “calentitas” cuando se montaron en el coche los siguientes en examinarse. Cuando iban a salir, de pronto mi profesora llamó a la compañera que iba en quinto lugar. El chico, que era el cuarto, no llevaba ni gafas ni lentillas, y en su certificado ponía que las necesitaba. Así que no pudo examinarse, y corrió el turno.
Genial, yo estaba nerviosísima: estaba un poco enfadada, por lo que habían dicho, te hacía hacer de todo, yo iba a ir sola en el coche y, para colmo, cuando se quitó las gafas de sol la reconocí. Era la misma que me había suspendido la tercera vez.
Las dos chicas no tardaron tanto como los chicos, ellas estaban de vuelta en veinticinco minutos. Naturalmente, eso no era buena señal. Yo me acerqué al coche, dejé mi bolso y mi chaqueta en el asiento de detrás y me senté. La examinadora empezó a decirme lo típico: “si no digo nada, siga recto.. blablabla“. Yo asentí, me puse el cinturón y empecé a colocar espejos, asiento, etc. Puse el pie en el embrague, y noté cómo me temblaba.
Mi profesora dijo en alto “Mira cómo está, ¿podemos dejarla que se tranquilice un ratito y luego salimos?”. La examinadora me miró y me dijo que estuviera tranquila, que era la última de la jornada, que no teníamos ninguna prisa y que saliéramos cuando yo estuviera bien. Me dijo que ella no quería que nadie suspendiera por nervios. En ese momento la miré y le dije: “No, si yo tampoco“, con el corazón saliéndoseme por la boca. Así que quité el pie del embrague, cerré los ojos, respiré y me convencí a mí misma de que podía hacerlo.
Empecé el examen bastante bien. No me llevó a autovía, hice bastantes rotondas y callejeé un poco por Babel. Sin embargo, cometí más de un error. Estando en tercera, un semáforo se puso en ámbar y yo paré, quedándome en medio del paso de peatones. Preguntó “¿Ve su semáforo?” y yo, por suerte, sí que podía (un error, “7.5. Detención”). Luego otro semáforo se puso en ámbar conforme pasé, así que me lo comí (no lo apuntó como error).
Después, llegué a una calle con dos carriles que tenía coches en doble fila en ambos lados, por lo que la calle se quedaba prácticamente con un carril. Ahí no sabía muy bien lo que hacía, y me cambié de carril lo más a la derecha que pude, sin mirar. En otra calle, el coche de delante dejó pasar a un peatón, pero luego se quedó parado. Yo no me di cuenta y la examinadora me dijo “¿Esperamos a algo?”. Justo en ese momento el de delante puso las luces de emergencia, y yo dije “Perdón, no me había dado cuenta”. Puse el intermitente, y me cambié de carril al izquierdo (gracias a Dios, sin comerme la continua, pero sin mirar: otro error “4.6. Observación”).
Saliendo de esa calle, estaba nerviosa por lo que acababa de pasar, así que se me olvidó cuál era el único sentido permitido: derecha o izquierda. Me quedé parada, me fijé en los coches aparcados, y puse el intermitente a la izquierda. Por suerte, lo hice bien. Al incorporarme, al final de la calle había un semáforo en verde, pero había un paloma (??) cruzando por la carretera, toda pachorrona. Yo fui reduciendo, pensando que se apartaría al oir el ruido del coche, pero no se apartaba así que tuve que decir en alto “Hay una paloma ahí en medio.. vete, vete”. No sé ni cómo dije eso.
Finalmente, volviendo al sitio donde empezamos, la examinadora me dijo que si había hueco en la avenida por la que iba, que aparcase. Recé para que no hubiera hueco, pero encontré uno que era bastante evidente. Así que puse el intermitente, y empecé a aparcar genial. ¿Problema? el mío de siempre. Me dio la sensación de que le daba al coche de detrás, de modo que empecé a maniobrar cuando lo que debería de haber hecho era seguir metiendo el coche.
Como era de esperar, la empecé a liar muchísimo. Otra vez no sabía para dónde tenía que ir el volante, y ya ahí me di por suspensa. Me hizo inmovilizar el coche y salir. No quise verlas mientras hablaban. Tardaron lo suyo, y cuando bajó del coche se despidió. Yo me subí al coche, y mi profesora me dio el papelito del examen.
Primero vi los fallos: 1 deficiente y 4 leves. La deficiente era “4.3. Separación lateral”. Las leves eran: “11.5.2. Marcas transversales blancas”, “7.5. Detención”, y dos veces la de “4.6. Observación”. Pensé que estaba suspendida, pero eché la vista hacia arriba y vi un aspa en el cuadradito de “Apto/a”. No podía creérmelo.
Hace un ratito que he bajado a por la L,y aquí me tenéis, haciendo la monguis un poco (ignorad lo fatal que salgo en la foto, por favor…).
La verdad, ir a examen esta vez ha sido una locura, algo que me había dado. Pagué la renovación, dos prácticas y el examen sin avisar a nadie. Solo lo sabía mi mejor amiga, que me había animado a ir hoy a examen y a no esperarme a la semana que viene. He llamado a mis hermanas, y después llamaré a mi padre.
En realidad, aún no me lo creo. De seis que íbamos, solo aprobamos dos: un chico (un poco cani) que era la primera vez que iba, y yo. Siento como que hasta que no tena el carné en mi mano no voy a creérmelo, como si en cualquier momento pudieran llamarme y decirme que no estoy aprobada. ¡Agh! ¡Que me llegue ya el provisional…!
Por cierto, algo útil para el que llegue al blog haciendo búsquedas relacionadas con el carné de conducir: un listado de las faltas que existen. Nomenclatura, en qué consisten, y si son leves, deficientes o eliminatorias. Algo que me habría venido de perlas buscar antes, la verdad…
- Dime que no
Ayer no pude dormirme hasta las cinco de la mañana. Cuando me tumbaba, automáticamente dejaba de poder respirar, y me agobiaba. Esta mañana me he levantado aturdida, y con sudores fríos. Sinceramente, qué asco. Hoy está haciendo un día maravilloso en Alicante. 25º, un sol inmenso, y brisita a la sombra. Sin embargo, yo estoy malita: no puedo respirar, me pesa todo el cuerpo y tengo la nariz toda congestionada.
Este fin de semana es el SOS., y mi hermana y yo estamos resfriadas. Ella lleva más de una semana igual, y yo parece que voy unos pasos por detrás. Lo único que me faltaba era estar mala y no poder ir al SOS. teniendo la entrada comprada desde hace dos meses….
- Acerca de la felicidad
Voy a ir al psicólogo. No es que yo quiera, no es que piense que lo necesito. Lo hago porque varias personas de mi círculo más cercano me lo han recomendado. Dicen que me ayudará, que será bueno para mí, y que me ayudará con mi problema.
Mi problema.
¿Cuál es mi problema?Dicen que siempre estoy triste. Que no es normal que siempre esté depre, y con ganas de llorar. Dicen que dependo mucho de la gente para ser feliz, y que eso no es bueno. Me dicen que soy una persona triste, y que nadie quiere tener cerca a las personas como yo. Que es uno de los motivos por los que no tengo pareja: que nadie quiere tener al lado a una persona depresiva. Es jodido, pero me lo dicen. No una persona, ni dos, ni tres… me lo dice mucha gente.
Hoy me he sentido muy mal. No sé si es cuestión de la edad, de la madurez o algo así… pero de pronto me he sentido tonta porque yo, al contrario que (ahora veo) mucha gente, creo en el amor. Sé que esto suena muy cursi, pero lo cierto es que es así.
La verdad, yo no aspiro a grandes cosas. No sueño con tener una mansión, que me toque la lotería, hacerme famosa o tener una vida llena de experiencias al límite. He estado pensando y me he dado cuenta de que en esto sí que he cambiado. Hace un par de años, yo era lo único que me importaba. Sabía que quería llegar a lo más alto: hacer mis estudios y luego conseguir un buen trabajo. Sin embargo, a veces la vida te trae cambios que no tenías planeados.
Soy incapaz de decir que lo único que me importa ahora es mi carrera y mi futuro trabajo. Soy incapaz porque no es cierto. Naturalmente, sé que es importante, pero para mí la felicidad no es eso. Cuando pasan ciertas cosas, de pronto te das cuenta de que nadie se está echando las manos a la cabeza diciendo “¡Oh, no! ¡Estoy faltando a clase!”. De que nadie se preocupa por los estudios, ni se acuerda del trabajo. De hecho, eludes todo lo posible todas esas responsabilidades.
En esos momentos lo único que te importa son las personas. Te preguntas si ésa en concreto sabe que la quieres. Te preguntas por qué discutías con ésta o con aquélla, cuando ahora te das cuenta de que no tenía sentido. Te reconforta cuando ves que no estás solo. En momentos como ésos, nadie es tan vanidoso como para pensar en todos los bienes materiales que ha conseguido con años y años de esfuerzo. Los objetos no te acompañan cuando estás así.
Llamadme ingenua, niñata, mañaca, pero fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo único que realmente quedaba al final era la gente. Para mí, lo más bonito que puede haber en la vida son esos momentos en los que no deseas estar en otra parte, mas que donde estás y con la gente con la que estás. Los amigos, la familia y, sobre todo, la persona a la que quieres.
Para todas aquellas personas que habéis perdido la ilusión por esas cosas, debo de sonar patética. Parece que desencantarse con la vida es parte natural de la vida misma y de la madurez, pero perdonadme si me resulta triste que sea así.
No creo que yo sea particularmente triste, creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas. Sin embargo, ¿qué hay de malo en creer que el amor existe? ¿qué hay de ingenuo en pensar que hay parejas que, de verdad, se quieren y se necesitan? Puedo tener un millón de defectos, pero me he dado cuenta de que no poder querer a alguien no es uno de ellos. No veo ni comprendo qué hay de malo en enamorarse de alguien, y en desear estar a su lado… aunque sea simplemente viendo la tele.
Para esas personas que me dicen que mi actitud es infantil, que el amor no existe y que se está mucho mejor solo… yo solo puedo decirles que, desde aquí, sencillamente parece que están muertos de miedo. Y sí, todos tenemos miedo a pasarlo mal, a entregar algo de nosotros y que acaben haciéndonos daño. A todos nos asusta pensar en el dolor. Pero para mí, querer a alguien, que te quieran, y poder compartir todo con esa persona… para mí eso es, en esencia, ser feliz.
Dicen que siempre estoy triste, pero ¿cómo no estarlo en un mundo lleno de gente desencantada con la vida y con el amor? ¿cómo no encontrar tristeza en una actitud tan prepotente, tan ególatra y tan autosuficiente? Siento como si fuera de las pocas personas que creen en todo esto, y me siento estúpida. Paradójicamente, yo, que no quiero estar sola, me siento sola. ¿Es que no hay nadie que, pese a haberlo pasado mal en sus relaciones, siga creyendo que es posible volver a enamorarse de alguien? ¿Es que no hay nadie a quien el amor, en cualquiera de sus formas y manifestaciones, le haga feliz? ¿Tan sombrío y lamentable es todo? En realidad, no sé quién es el más triste aquí…
- Hibernación
Ésta ha sido una semana absurda. Prácticamente la he tirado a la basura, porque de cinco días lectivos, he ido solamente 2 días enteros -martes y hoy-, y un día a la mitad -ayer-. Llevo desde la semana pasada con ganas de nada: viendo pelis, una tras otra, y delante del ordenador. No duermo bien, trasnocho, y luego duermo catorce horas y media
casidel tirón, como hoy.No sé muy bien qué me pasa: es como si de pronto mi cuerpo se hubiera quedado off. No es sólo que no tenga ganas de hacer nada, es que cuando me obligo y me pongo a hacer cosas porque tengo que hacerlas, me salen fatal. Mi cabeza está en otra parte, eso está claro. Siento que podría estar un mes tirada en la cama, mirando al techo y sin hacer absolutamente nada. No es pereza, es algo más que eso.
Apenas tengo ganas de hablar, y cuando lo hago, parece como si estuviera borracha o algo así. No encuentro las palabras que necesito para expresar lo que quiero decir, se me traba la lengua, me quedo en mi mundo a mitad de frase y siento que soy incapaz de hablar en alto. Para decirlo de una manera gráfica, es como si estuviera derritiéndome.
- Radiografía
Lo creas o no, te conozco bastante bien… quizás más de lo que tú piensas. Pero… no, sé que no me crees. De hecho, en estos momentos, la incredulidad es tu única defensa. Te escudas poniendo en entredicho todo lo que yo pueda decirte porque, en realidad, es mucho más fácil encajar un desengaño cuando ni siquiera tú mismo confiabas en que todo saliera bien. No se trata de algo que hayas decidido hacer para fastidiarme; ni siquiera lo has escogido. Algunos lloramos, cantamos, gritamos, nos peleamos o nos comemos un kilo de helado. Tú, en cambio, te haces el duro y vives un paso por delante de los demás, creyendo que, de esta manera, conseguirás que el dolor nunca llegue a tocarte.
No te das cuenta de que no puedes ser tan mecánico, tan frío contigo mismo. No creas que eres el único que siente miedo sobre el futuro y sus decisiones. Siempre me decías “No te creas tan especial” y… ¿sabes? llevabas razón. Con todo eso de que, en realidad, todos estamos hechos de la misma pasta, que no hay nadie que sea más o menos que otro, que la suerte no es más que una mera cuestión de actitud y que, ¡cómo no! hay que mirar hacia delante con optimismo. Yo lo estoy intentando. A lo mejor no me sale bien, pero lo estoy intentando. Tropiezo y me caigo, pero es que estoy aprendiendo a caminar. Y, en el camino, trato de no pensar que nadie me ha puesto la zancadilla.
Sé que no creer en nada ni en nadie es la opción más fácil y también la menos dolorosa de todas. Esa brillante idea se nos ha ocurrido a todos alguna vez. Pero no tienes que tener miedo de equivocarte, de meter la pata y caerte otra vez. Y esto te lo digo yo, la especialista en bajones y en ganas de tirar la toalla. Pero, la verdad, no tienes que tener miedo de vivir… porque las cosas buenas siempre van a pesar más que las malas. Sé que tu actitud incrédula, vacilante ante la vida y ante mí no es más que la manera que tienes de decirme que, en realidad, estás muerto de miedo.
Pero no quiero que te equivoques: que te comprenda y quiera ayudarte no significa que puedas comportarte como te apetezca, que yo vaya a perdonarte siempre o que no me importe hasta qué punto puede llegar tu frialdad. No soy como un chicle al que puedas estirar y estirar… yo puedo romperme.
Estoy a punto de romperme.
No es una amenaza; es, digamos, una advertencia. Tal vez todo esto me cambie, y yo no vuelva a ser yo nunca más. Me gustaría que confiaras en mí, que me creyeras cuando te digo que me apetece escuchar tu voz, o tocarte el pelo, o volver a verte… y abrazarte y no separarme de ti. He estado bastante tiempo intentando engañarme a mí misma, haciéndome creer que no sentía lo que sentía, que esto no era más que una equivocación y que lo que pasó no fue más que un prólogo en nuestras vidas. También sé lo que es tener una actitud incrédula y pensar que las cosas buenas no están hechas para ti (de hecho, hay veces que todavía pienso así cuando suceden según qué cosas).
Todos nos equivocamos y pensamos cosas que después ya no. Todos hemos dicho cosas sin pensar, solo para hacer daño, durante una discusión o porque nos sentíamos dolidos. Tú me dices cosas; me dices que me quieres, pero luego no eres capaz de creerme a mí cuando hablo. Intento entenderte, pero a veces me desconciertas. Si se supone que te sientes cómodo conmigo (y sé que es así), ¿por qué a veces no eres capaz de hablar conmigo sin titubear, sin rencores y sin pensar mal de mí?
Si tú supieras… si quisieras creer en mí… solo si supieras mínimamente cuánto te quiero…
- Tarde de lluvia
Me fui a dormir hacia las dos de la mañana y me desperté casi al alba. No vi la razón pero caí en una hondonada, me suele ocurrir sin previa alarma. Entonces entró algo de luz por la ventana e iluminó toda tu cara. Y estuve así, cerca de ti, sin hacer nada, a veces sin más el mundo se para.
Primero reí, luego lloré, y te miraba, me dio por pensar y recordaba que llevamos casi la mitad de nuestras vidas, yo parte de ti y tú de la mía. Fui a recorrer lo que va de la luz al miedo y te encontré justo en el medio.
Así que proyecté y planeé como uno hace al creer que no se va a romper, que tiene que cambiar la suerte alguna vez. Parece que somos como fuegos artificiales, vamos a brillar sólo un instante. Parece que hoy voy a mirar hacia delante hasta que todo estalle en el aire.
Siento que hoy podría estar todo el día cantando, tumbada en la cama, mirando al techo y evitando pensar.
Hoy me he acordado de mamá, y de pronto me ha entrado muchísima rabia. Conforme pasa el tiempo me doy cuenta de que no sé cuidar de mí misma, y me da rabia pensar que eso no vaya a poder cambiar nunca. Siempre ando esperando cosas de los demás, pero no me doy cuenta de que si quiero que cambien las cosas, yo soy la primera que debe cambiar.
La verdad, estoy deseando que llegue el verano y poder olvidarme de estas tristes tardes de lluvia.
- Excepción
La relación que tenemos es bastante rara. No es un conocido, porque sabemos demasiado el uno del otro. Tampoco es mi amigo, porque, en realidad, no nos conocemos de tanto tiempo como para poder considerarlo así. Por extensión, ni muchísimo menos es un “mejor amigo”. Tampoco es mi “rollo”, porque eso no ha pasado tantas veces, y además, hace más de un mes que ni siquiera estamos “a buenas”. Una vez más, por extensión, tampoco es mi novio.
La verdad, la única categoría en la que puedo meterlo (sobre todo teniendo en cuenta su poco tacto a la hora de hablarme, y su insistencia a la hora de “darme consejos”) es la de “hermano”. Nunca he tenido un hermano (chico), pero supongo que sería algo así. Dice que le doy igual, pero luego me echa la bronca cuando digo que voy a dejarme el carnet de coche. Se pone borde conmigo cada dos por tres, pero luego me dice que cuando tenga novio, él tendrá que verlo para darle el “visto bueno” (de broma, por supuesto, pero lo dice).
Supongo que todo esto no debería sentarme mal, pero lo hace. La verdad es que creo que para hermanos, ya tengo a las mías. A mis hermanas les puedo consentir un “te jodes”, un “eres imbécil” o incluso un “cállate la boca”. A mis hermanas se lo paso porque son mis hermanas, pero a un tío cualquiera… la verdad, no.
Quiero analizar la situación, y averiguar por qué
coñocada vez que hablamos, la mayoría de las cosas que me dice las interpreto como borderías, y le contesto del mismo modo. Me dicen que eso de que es borde solo lo veo yo. Que soy yo la que tiene la escopeta cargada, y que debería de bajar un poco la intensidad cuando hablamos. Lo cierto es que me gustaría perderle de vista un tiempo, pero creo que eso no solo no solucionaría nada, sino que lo empeoraría.Estos días he estado yendo a la biblioteca con una amiga, y algunos días se ha venido él. La mayor parte del tiempo él me ignoraba, y yo a él, y cuando hablábamos era únicamente para lanzarnos púas el uno al otro. Mi amiga, la pobre, en medio de toda la historia, intentaba lidiar con los dos. Yo sé que no siento nada por él, pero me
jodemolesta muchísimo que no podamos estar como antes.No sé qué le ha pasado, pero podría decírmelo. Después de todo lo que ha pasado, creo que me merezco que si le ha pasado algo
(o alguien), me lo diga y empiece a ser un poquito menos cruel conmigo. He pensado en hablar con él; cogerlo por banda y aclarar las cosas. El tema es que nunca parece ser un buen momento y que, además, para él no existe ningún problema. Supongo que, en el fondo, la culpa no es más que mía y que él llevaba razón en todo lo que me dijo.
- Completamente sola
Estoy sola, tan tan sola, completamente sola.
Últimamente me ha dejado hasta mi sombra, ni los mosquitos se me acercan ya al oído, y hasta el aire se me aleja y me cuesta respirar, mi buzón está vacío y el cartero no se atreve ni a llamar.
Estoy sola, tan tan sola, completamente sola. Y lo peor, y lo que más me duele es que si grito o si lloro, mi voz no vuelve, pues hasta el eco se ha ido para no volver.
Últimamente me ha dejado hasta mi sombra y en el espejo ya ni siquiera me encuentro, y hasta el agua se me queda escondidita en los grifos, los muebles se han escapado a la primera de cambio y tan sólo me pregunto si tomarme vacaciones de mi misma…
Estoy sola, tan tan sola, completamente sola. Y lo peor, y lo que más me duele es que si grito o si lloro, mi voz no vuelve, pues hasta el eco se ha ido para no volver. Y lo peor, y lo que más me duele es que si grito o si lloro, mi voz no vuelve, pues hasta el eco se ha ido para no volver, no volver, no volver jamás.
Lo siento, pero cuando una está menstruando, a veces se pone muy muy tonta…
- Sobre tirar o no tirar la toalla
Hoy he ido a examen práctico del coche por cuarta vez. Y he vuelto a suspender.
Hace días que tomé la decisión de que ésta sería mi última vez. “Ahora o nunca“, me dije. Las otras tres veces, al suspender, me sentí tan mal… tan, tan, tan, TAN mal que decidí que no me seguiría pasando más. El lunes mi hermana fue conmigo a la práctica del coche, y luego me dijo que conducía muy bien. Mi profesora (a la que, sinceramente, no tengo mucho aprecio) también lo dice y, en general, la gente a la que he podido llevar en el coche, coinciden en ello.
Sin embargo, hoy he suspendido por cuarta vez. Íbamos dos chicas y dos chicos, y solamente aprobó uno de los chicos, que además era su primera vez. El motivo por el que suspendí fueron dos faltas deficientes: una, que se me caló el coche y -según el examinador- estaba entorpeciendo la circulación y, dos, que conforme pasé un semáforo en verde, éste cambió a ámbar (así que debía haber parado).
Al enterarme del suspenso, avisé a mis amigos, mi familia y a todos aquellos que sabían que hoy iba a examen. No sé, ni siquiera me sentí mal: esperaba el suspenso y lo había asumido. Lo frustrante del asunto es que podría culpar a los nervios, si estuviera nerviosa durante el examen. Pero no lo estaba, solo lo estuve la primera vez que fui a examen. La culpa es mía: los fallos los hago yo; no conduzco bien. Y da igual cuántas prácticas haga ya, porque no puedo conducir mejor de lo que ya lo hago, a menos que haga 150 prácticas más (o algo así).
El examen era mi práctica número 54. Cada práctica cuesta 29€, he tenido que renovar dos veces (180€) y además a todo esto hay que sumarle el psicotécnico (50€). Con lo que mi padre lleva invertido en todo esto, podría haberse comprado un coche nuevo, que lo necesitaría. Si quisiera renovar ahora, serían 180€ más, y unas cuantas prácticas extra.
La verdad, estoy triste (¿y cuándo no?). Últimamente no tengo motivación por nada, ni siquiera por la carrera. Me siento perdida en muchos aspectos, y me siento sola. Me gustaría poder seguir en la autoescuela, y seguir encajando cada suspenso estoicamente, pero la verdad es que eso solo me haría sentir más gilipollas incluso de lo que ya soy. No sé si tengo la suficiente fuerza como para hacer prácticas e ir a examen, y esforzarme y ponerle ilusión al asunto cuando me siento del todo incompetente y ni siquiera concibo la posibilidad de aprobar.
No sé si estoy dispuesta a aguantar con una sonrisa y con optimismo cada una de las veces que esto se repita. Y ver cómo la gente se apunta a la autoescuela en enero, y acaba sacándoselo todo en marzo (y yo llevo desde julio). Y compararme, y ver que lo mío es una causa perdida. Y sentirme rematadamente tonta, casi subnormal por cometer fallos de primera práctica, y estar triste, y mal. Y frustrarme, y pasarlo fatal, y llorar. No sé si merece la pena.
Me dicen que es el miedo a fracasar lo que hace que me niegue a renovar papeles e intentarlo una quinta o sexta vez, pero que el auténtico fracaso es dejármelo a mitad. Me dicen que es una actitud de cobarde la de no dar todo de mí para conseguir sacármelo. Me dicen que me arrepentiré si me lo dejo, pero me he arrepentido de muchas más cosas en mi vida y aún así sigo viva. Me dicen que no lo haga, que no me lo deje, que me lo acabaré sacando. Curiosamente la gente que me lo dice ya tiene carné.

